SEPTIEMBRE: MES DEL AMOR Y LA AMISTAD

Amar no consiste tanto en mirarse uno al otro cuanto mirar juntos en la misma dirección.

Jean Lacroix, solía afirmar con inusitada convicción que “La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas” y, es que en el amor como en la amistad se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y no obstante, siguen siendo dos, pero es quizás la trágica experiencia de la muerte la que termina por resquebrajar esa intima y profundísima comunicación de existencias.
“el amor es una pugna contra la muerte” aseveraba el filósofo francés Gabriel Marcel. En efecto, él pensaba que decirle a una persona “te amo” significaba decirle también: me niego a aceptar tu muerte, protesto contra la muerte.
Por tal motivo, tendríamos que decir que el amor humano contiene siempre una pretensión de eternidad
Por eso la muerte de la persona amada siempre será también la muerte de una parte de nosotros. Los teólogos de la edad media argüían que el alma no está donde habita el cuerpo, sino donde más se le ama, pero si quien nos ama o a quien amamos ha dejado de existir, nuestra alma ya no encuentra asidero, y el vacío, la desolación, y la ausencia serán el triangulo mortal que envuelven sus gemidos y dolor. La vida privada de la magia de la amistad ya no es vida, y se torna en más muerte que la misma muerte.
La tristeza y la luctuosidad que se experimentan por la partida del mejor amigo, pueden también convertirse en bella y exquisita poesía; este es el caso de San Agustín, quien ante el deceso de su mejor amigo compone las siguientes líneas que rezan de la siguiente guisa
“Maravillábame que los otros mortales viviesen, porque a él, a quien había amado como si no hubiera de morir, había muerto, y maravillábame aún más que estando muerto él viviera yo, que era otro él.
Expresión feliz halló aquel quien dijo de un amigo suyo “mitad de su alma” porque sentí que mi alma y su alma fueron una sola en dos cuerpos; y por ende, causábame horror la vida, porque no quería vivir menguado de mi otra mitad; y por ello temía acaso morir para que no muriera del todo aquel a quien había amado en extremo”.
Como corolario, podríamos concluir con el cantar de los cantares, diciendo:
“Grábame como sello en tu corazón, como sello en tu brazo; PORQUE EL AMOR ES MÁS FUERTE QUE LA MUERTE”
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